Toni Subirana volvió a Ibiza

Publicado el septiembre 07, 2018

Emotividad y salitre presidieron el concierto que Toni Subirana ofreció en Sant Antoni de Portmany (Ibiza), el pasado 29 de julio en la acogedora plaza que se haya detrás de la iglesia, un espacio que el ayuntamiento se propone, acertadamente, impulsar con actividades culturales. Emotivo porque el cantautor regresaba a los parajes de su infancia y de gusto salado porque  configuró un repertorio en el que abundaron las canciones de inspiración marinera de su cosecha, como Des del llagut o El pedaló (coreada por el público) , aunque con algún guiño al catálogo ajeno como La Mer o Sapore di Sale. Con el único acompañamiento de su guitarra, el cantautor mantuvo durante dos horas la atención de un público muy afectuoso entre el que se encontraban algunas personas felizmente reencontradas.

Recorte de prensa del Diario de Ibiza del 27 de julio de 2018

Recorte de prensa del Diario de Ibiza del 27 de julio de 2018

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Concierto en Ibiza con fuerte carga emotiva

Publicado el julio 23, 2018

Toni Subirana  actuará en Ibiza en el marco de la programación Nits amples que organiza el ayuntamiento de Sant Antoni de Portmany 

Domingo, 29 de julio, a las 21 h., en la plaza situada detrás de la iglesia

Cartell web

Sus anteriores actuaciones en la isla datan del año 2000 y 2001 cuando actuó en Sant Miquel y en Sant Antoni respectivamente. De la segunda el cantautor guarda un especial recuerdo pues se llevó a cabo en el auditorio al aire libre de Sa Punta d’es Molí, construido en el mismo lugar donde tantas tardes estivales de su infancia iba a pescar. Y es que Toni Subirana pasó muchos veranos en la casa de sus abuelos de Sant Antoni. Él mismo nos recuerda aquellos días felices de su niñez

 

Toni Subirana con es Cap Nonó al fondo.

Toni Subirana con es Cap Nonó al fondo

 Recuerdos con sabor a sal

Aunque los últimos treinta años de mi vida están ligados al Empordà y su Costa Brava, mi primer mar es el de Ibiza y es por ello que, con motivo de mi próxima actuación en la isla, quiero recordar aquí, aquellos días azules y aquel sol de mi infancia y adolescencia, por decirlo machadianamente.

A finales de los años cuarenta mis abuelos compraron un terreno en la bahía de San Antoni en el que edificarían una casa encantadora. Podían habérsela hecho en primera línea de mar pero mi abuela, de resultas de una tuberculosis, tenía un solo pulmón y se le desaconsejó un exceso de humedad. Este fue el motivo por el que decidieron mandar construirla un poco más retirada pero conservando las vistas a la bahía…Les durarían poco, con el boom del turismo dos filas de hoteles se antepusieron en su campo visual. La pasión por Ibiza era compartida por ambos, tanto es así que muchos fines de semana, antes de tener la casa de Cardedeu, se embarcaban en un avión el viernes para regresar a Barcelona el domingo por la noche, con todas las incomodidades que eso debía comportar y teniendo en cuenta que los vuelos de entonces no eran como los de ahora. En aquella casa de Ibiza pasamos veranos inolvidables, casi siempre durante el mes de julio. La casa era –y es, porque sigue en pie y sigue perteneciendo a la familia– mágica, la había diseñado Fontanals, un afamado decorador y escenógrafo teatral que había trabajado para muchas obras de Josep M. de Sagarra, autor al que, por cierto, dediqué un disco monográfico. El exterior tenía todos los componentes típicos de una casa ibicenca: fachada pulcramente encalada, persianas pintadas de verde, escalera exterior y un torreón que le daba nombre: S’Atalaia baixa. El interior estaba lleno de recovecos y hornacinas que la hacían muy entretenida. El jardín era bastante selvático con pinos y sabinas y un asador de pollos que en funcionamiento desprendía un aroma embriagador…y es que todos los olores en Ibiza se me a mí antojaban más intensos que en ningún otro lugar.

La casa de Ibiza, en 1956

La casa de Ibiza, en 1956

Con seis meses en Ibiza. En elsentido de las agujas del reloj: En la sillita a bordo del Juanito, detrás se ve a mi padre en la lancha. Con mi abuelo Toni, con mi abuelita Maruja y con mi madre (traje de baño blanco), mi tía Vicky y mi prima Gloria.

Con seis meses en Ibiza. En el sentido de las agujas del reloj: En la sillita a bordo del Juanito, detrás se ve a mi padre en la lancha. Con mi abuelo Toni, con mi abuelita Maruja y con mi madre (traje de baño blanco), mi tía Vicky y mi prima Gloria.

La llegada a Ibiza estaba llena de emoción, era algo especial, entrar en otra dimensión. Pero no todo era jauja, los abuelos marcaban unos horarios y un estilo de vida que había que seguir a rajatabla y al que te tenías que amoldar, una organización estricta que difícilmente aceptarían los niños y adolescentes de hoy en día. En el distribuidor de la primera planta, donde estaban los dormitorios, había una mesa con un cencerro que mi abuela hacía sonar cuando creía que era hora de levantarse. Desayunábamos todos juntos en la mesa del comedor unas deliciosas ensaimadas pasadas levemente por la tostadora y después nos preparábamos para salir en barca. El abuelo y la abuelita con sus albornoces y tocados con una gorra blanca y un turbante respectivamente abrían la comitiva. Los  nietos les seguíamos también con nuestro albornoces con la inicial bordada en el bolsillo y provistos cada uno de una cesta de paja con nuestros enseres personales que variaban según la edad. Mi madre se las ingeniaba así para tener organizada a su prole, con siete niños tenía que ser metódica para que la cosa no se le fuera de las manos. Juntos nos encaminábamos a lo que llamábamos “la playa de casa”,  la de Es Pouet –en los tiempos previos a la “normalització lingüística” era “Es Puet”, al menos así la denominaban en las postales que tanto abundaban en la era predigital— donde nos esperaba el marinero con la barca. No era propiamente un patrón sino un buen hombre que venía a echar una mano con las pequeñas embarcaciones. Yo vi pasar por ese puesto de trabajo a personajes variopintos: a José, cuyo oficio real era el de camarero y acabó montando un bar a pocos metros de casa en el que hacía unos sandwiches muy buenos; a Michael, un americano rubio y atlético que vestía invariablemente unos pantalones tejanos cortos y deshilachados. Lo que nos llamaba la atención era que no se los cambiaba ni para meterse en el agua. Al parecer era técnico en computadoras (¡hablamos de principios de los setenta!) y mi abuelo, que sospechaba que era prófugo de la guerra del Vietnam, aprovechaba para hacer prácticas de inglés con él; y Juan, Juan Mena, un saxofonista almeriense que tocaba en la sala de fiestas Sa Tanca y del que con el tiempo me hice muy amigo, llegando a tenerlo como colaborador en varios de mis discos…A menudo evocamos con emoción aquellos tiempos… Las barcas eran dos, un falucho que llevaba pintado en la proa el nombre de “Juanito”, supongo que el de su anterior propietario; y una lancha con motor fueraborda que bautizaron con el nombre de Adela, no sé si por mi bisabuela o por mi tía, aunque todos le llamábamos siempre “el fuerabordo”. Mi abuelo y mi padre sólo querían ir en esta última, una canoa con un motor Evinrude de sesenta caballos. A mi abuelo le gustaba gobernarla e insistía en que mi abuela le acompañara a lo que ella

En Cala Salada, con mis padres y tres de mis seis hermanos: Mónica, Dufi y Laura.

En Cala Salada, con mis padres y tres de mis seis hermanos: Mónica, Dufi y Laura.

accedía complaciente. Aún no comprendo cómo pasados ya los setenta años, los dos seguían yendo tan a gusto en la lancha rápida que daba unas sacudidas secas, dura prueba para unos riñones cansados. A mi abuelo no le gustaba la navegación sosegada, iba persiguiendo gaviotas con infantil alborozo –obsérvese que fue más cazador que pescador—, sin importarle lo más mínimo las olas, era muy intrépido para su edad. Con el Juanito solíamos ir a Cala Gració o a la pequeña playita de Cala Salada. En el trayecto a veces nos acercábamos a Punta Galera de la que una parte era propiedad del abuelo, eso nos impresionaba bastante, aunque no más que la particularidad de que estuviera llena de nudistas, los primeros que vimos, quizá por eso la abuelita no era muy partidaria de que amarráramos en la “cala del abuelo”. Sin embargo, mis hermanos y yo preferíamos ir a las playas “del otro lado”: Cala Bassa, Cala Conta, Cala Tarida…y preferiblemente en el “fuerabordo” porque nos permitía bañarnos en varias calas en el tiempo que el Juanito tardaba en llegar a una. El abuelo disfrutaba del baño y permanecía mucho rato sumergido en las cristalinas aguas con las que nos recomendaba que hiciéramos gárgaras, aseguraba que era una profilaxis perfecta para la garganta. A veces hacíamos el trayecto de vuelta esquiando, en eso mi padre era el mejor, se manejaba con gran destreza con el monoesquí.

La sesión de baño no se eternizaba como ocurre ahora porque a las tres en punto había que estar sentados en la mesa previo paso por la ducha o la manguera, esta segunda opción no agradaba a las chicas porque implicaba tener como espectadores a los ociosos camareros del hotel de enfrente. La verdad es que no nos importaba regresar pronto porque siempre nos esperaban menús exquisitos que, siguiendo las directrices de la abuela, preparaba la cocinera. Isabel se llamaban las dos que conocí y las dos eran andaluzas y muy cariñosas. No he vuelto a comer unas patatas fritas tan crujientes, unas empanadillas tan sabrosas (crestas les llamaban) y unos tomates rellenos tan jugosos…

Con quince años, en el jardín tocando la guitarra, solo y en compañía de mi hermana Mónica.

Con quince años, en el jardín tocando la guitarra, solo y en compañía de mi hermana Mónica.

Por la tarde nada de playa, lecturas y siestas interminables…más tarde comprendí que para los adultos no sólo eran

La casa de Sant Antoni en la actualidad

La casa de Sant Antoni en la actualidad

para dormir…De hecho tampoco para más de un adolescente que en ese tórrido remanso canicular perdió la inocencia, como decía en una canción mi admirado amigo Alberto Cortez…La otra alternativa era contemplar las evoluciones de las lagartijas entre las piedras de las paredes secas del jardín. Al anochecer nos acercábamos a las rocas con la caña a ver si picaba algún pez ignoto o nos acercábamos a la tienda de souvenirs a comprar un polo que degustábamos extasiados ante las puestas de sol, mucho antes de que el Café del Mar las rentabilizara. Algunas tardes salíamos de paseo por el pueblo. El bar Escandell era el punto de reunión, recuerdo también un puesto de crêpes muy buenas que hacía un andaluz muy salao y otro de  hamburguesas que servían con una ensalada muy sabrosa. Otros días mi padre nos subía al Cuatro Latas (el viejo Renault que usaban mis abuelos para sus desplazamientos en la isla) y nos llevaba a Ibiza ciudad. Ahí recorríamos las calles de Dalt Vila, mi padre visitaba alguna galería de arte y nosotros curioseábamos en las paraditas de los hippies que entonces aún eran de verdad. Tampoco faltaban las noches de fiesta en casa, el Doctor

Actuación en 2001 en el Auditori de Sa Punta d'es Molí

Actuación en 2001 en el Auditori de Sa Punta d’es Molí

Subirana tenía poder de convocatoria en la isla y a menudo organizaba encuentros con “gente imortante” y algún personaje excéntrico que se alargaban hasta la madrugada y en los que a veces me invitaron a sacar la guitarra. Las tardes del domingo íbamos a misa, a la pintoresca iglesia de Sant Antoni donde yo quedaba fascinado por el diestro y acompasado manejo del abanico de un ejército de viejecitas ataviadas con tupidos vestidos negros de los que asomaba una larga trenza…iguales que las que forman parte de la iconografía turística. Creo que en Ibiza es donde vi más distendido a mi padre…mi padre, que nos ha dejado este año…es por ello que regresar a los parajes donde  le vi tan contento tiene para mí un significado especial y el concierto, justo detrás de aquella iglesia, se reviste de una carga emotiva que intentaré transmitir al público que acuda a compartir mis canciones con sabor a sal.

Toni Subirana

El Diario La Prensa de Ibiza dedicó esta contraportada a Toni Subirana en 1990.

El Diario La Prensa de Ibiza dedicó esta contraportada a Toni Subirana en 1991.