40 años sin Jacques Brel

Publicado el octubre 09, 2018

jacques-brel_1503828cHoy, 9 de octubre de 2018, se cumplen cuarenta años de la muerte de Jacques Brel. Me acuerdo perfectamente de aquel día, yo tenía trece años y me impresionó su desaparición porque Brel era para mí un viejo conocido. Yo creo que fue mi primer acercamiento a la canción de autor y, sin duda, a la canción francesa (luego vendrían Moustaki, Aznavour y Brassens). Debía tener seis o siete años y me familiaricé mucho con su repertorio que me llegué a aprender de memoria a fuerza de escucharlo en el asiento trasero del coche familiar en los viajes de fin de semana. 

 

Para conmemorar este aniversario recupero un breve perfil biográfico que incluí en un libro que escribí sobre las grandes voces de la música del siglo XX y que se publcó en Portugal en 1995.

 

JACQUES  BREL

IMG_20181009_173218_resized_20181009_053305108Nació en Bruselas el 8 de abril de 1929. Su familia era de clase acomodada, este es un detalle fundamental para entender una de las principales características de su obra: un sentimiento anti-burgués y una postura anti-acomodaticia. Nadie como él ha sido tan implacable con la burguesía; como parte de ella se aplicó en retratar  las bajezas y  la hipocresía para él inherentes a esa clase social. Pero más que la burguesía, le preocupaba el aburguesamiento ante el que hay que estar alerta porque de otro modo acaba devorando, con la edad, incluso al que ha sido más crítico con él, esto queda magníficamente sintetizado en Les bourgeois. Es por todo ello que, cuando podía haber seguido una vida sin complicaciones trabajando en el negocio familiar de cartones, decidió no sucumbir a tan alienante oficio y marchó a descubrir el mundo. Esta obsesión por saber lo que pasa más allá de las cuatro paredes del confortable hogar, por conocer nuevos paisajes, nuevos olores, nuevos sabores…vivencias nuevas en fin, es otra de las constantes que configuran el universo breliano, como si quisiera con ello exorcizar una vida infantil que se le antoja llena de vulgaridad. Hay que ganar tiempo al tiempo demostrar que él no es uno de Ces gens là (Esta  gente) .

El Brel rebelde que conocemos dio, no obstante, sus primeros pasos en el mundo artístico dentro de un movimiento juvenil cristiano, “Franche-Cordée”, donde aprendió los primeros acordes de guitarra, instrumento que solo le acompañaría en la primera etapa de su carrera.

En 1953 marchó a París, lejos del calor familiar –se había casado y ya tenía su primera hija— abandonándose a la suerte de su aventura musical.  En la capital Jacques Canetti lo recibió en su cabaret de Montmartre, “Trois Baudets”, donde actuaría periódicamente combinando ese local con  el de Patachou donde Brassens ya se había afianzado. Sin embargo Brel no fue aplaudido con tanta unanimidad y rapidez como su antecesor, ni como los otros de su generación: Ferré o Béart –dentro de un estilo próximo al suyo— o Montand y Bécaud, más “crooners”.

Al año siguiente publicó su primer disco que contenía La Foire y IL y a. Juliette Gréco fue la primera que le tomó en consideración interpretando un tema suyo, Le Diable (El diablo), y Cannetti le propuso grabar su primer L.P. para Phillips que, a pesar de contener algún título que se convertiría en clásico de su repertorio como Grand Jacques (C’est trop facile) o Il peut pleuvoir, en su aparición supuso un fracaso total. Sin embargo no cejó en su empeño y siguió actuando en los tres años siguientes en unas condiciones muy por debajo de lo que merecía.

El segundo disco de larga duración, Quand on n’a que l’amour (1957), es ya mejor recibido por el público e incluso obtiene el premio Charles Cros. Esto le empuja a grabar otro más al año siguiente donde destaca Au Printemps y que le prepara para dar el gran salto. En su cuarto disco encontramos la que para muchos es la más excelsa canción de desamor jamás escrita, Ne me quitte pas y La valse à mille temps que con su ritmo endiablado permite descubrir el talento interpretativo de su autor; Les Flamandes, una crítica despiadada que no fue bien recibida por los flamencos; o “Le moribond, un testamento que sorprende por su  vitalidad. Con ellas obtendrá grandes triunfos en sus presentaciones en las salas Alhambra y Bobino de París.

En 1961  llega al Olympia –hasta el momento sólo había actuado ahí de telonero— favorecido por curiosas circunstancias: el empresario Bruno Coquatrix, harto de que los seguidores enloquecidos de Johnny Hallyday le destrozaran a diario el local, pensó que Brel atraería un público más reposado. El caso es que Brel se convirtió a partir de entonces en una estrella indiscutible de la canción. Durante los próximos cinco años se multiplicarían sus  actuaciones por todo el mundo y publicaría varios discos,algunos como testimonio de sus actuaciones en el Olympia, otros con temas inéditos con su nueva discográfica, Barclay.  El homenaje al “País llano” -“que es el suyo”- (Le Plat pays); el tiempo que pasa inexorablemente (Les vieux); la amistad que se manifiesta en los momentos difíciles (Jef) ; el amor-amistad tras muchos años de convivencia (La chanson des vieux amants); el mundo marginal de las clases menos favorecidas (Amsterdam)… son sólo  ejemplos de su obra que abarca una amplia gama de sentimientos, encarando de frente los problemas, sin eufemismos ni concesiones a finales felices. Sus temas no dejan  frío al oyente, le inquietan –le incomodan incluso—y, a pesar de ello, los aplaude.

La interpretación en directo de Brel no dejaba lugar al respiro: cantaba de pie, absolutamente en tensión; empezaba los temas ya en un punto álgido, daba la impresión de que no podría mantenerlo a lo largo de la canción y  sin embargo lo superaba, alcanzando en cada tema un clímax absolutamente desbordado y controlado a la vez.  Resumiendo era lo que los franceses llaman una “bête de scène”.

Después de esos seis años sin respiro, en 1966, Brel decidió retirarse de la canción. Debemos conocer el concepto que tenía de lo que debe ser el trabajo de un artista para entender su determinación: Brel se vaciaba en cada actuación hasta acabar exhausto, no era amigo de las medias tintas. El miedo a no poder seguir al mismo nivel de entrega total le obligó a despedirse en el momento en  que creyó haber dado el máximo de sí mismo.

No obstante siguió haciendo discos de gran madurez y adaptó y protagonizó la versión francesa del “Hombre de La Mancha”, una comedia musical inspirada en el Quijote, personaje con el que llegó a identificarse. (“Soñar un imposible sueño…”) así reza el primer verso del tema principal de la obra, La Quête (“La búsqueda”).

Si sus dotes de actor se revelaban excepcionales puestas al servicio de sus canciones, traspasadas al cine no fueron tan bien valoradas. Entre 1967 y 1973 rodóIMG_20181009_173122_resized_20181009_053356218 ocho películas (Les risques du métier, La bande à Bonnot, Mon oncle Benjamin, Mont Dragon, Les assassins de l’ordre, L’aventure c’est l’aventure, Le bar de la fourche y L’emmerdeur). Siempre intentando ir más allá también probó suerte con la dirección (Franz y Far west), con resultados bastante discretos.

En su vida personal también era amante de los retos. En 1974 se embarcó en un velero con la intención de dar la vuelta al mundo. A mitad de viaje se manifestaron los primeros síntomas de la enfermedad que acabaría con su vida, cáncer de pulmón. Le operaron de urgencia y, después de unas semanas de convalecencia, decidió continuar el viaje desoyendo los consejos médicos. Tras barajar varios destinos  recaló en la Polinesia, en una de las islas Marquesas, Hiva-Oha, ahí pasaría sus últimos años. Sólo abandonaría, momentáneamente, su pacífico retiro en 1977. El motivo valía la pena: grabar en París el que sería su último disco, Brel. De esta obra, realizada en el mayor de los secretos, llegaron a venderse más de dos millones de copias en dos semanas, la gran parte de los derechos de autor los cedió a una fundación de lucha contra el cáncer y el resto a sus hijas y a la madre de estas, con la que siempre mantuvo unas estrechas y distantes relaciones (otra de sus rarezas). Temas como Orly, Le bon dieu o Voir un ami pleurer fueron su último legado; la portada del disco, una espectacular fotografía de unas nubes tormentosas, parecía anunciar el final del artista y del hombre.

Murió en París, el 9 de octubre de 1978. Sus restos reposan en las Marquesas donde “par manque de brise le temps s’inmobilise” (“Por falta de brisa el tiempo se inmoviliza”).

©Antonio Subirana