En el centenario de Ella Fitzgerald

Publicado el julio 7, 2017

Este año 2017 se cumple el centenario de Ella Fitzgerald. Con tal motivo reproduzo aquí el texto biográfico que escribí para un libro dedicado a la grandes voces del siglo XX, publicado en 1995 en Portugal

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ELLA FITZGERALD 

 Tres, eran tres las voces femeninas más importantes del jazz vocal Billie Holiday, Sarah Vaughan y…Ella Fitzgerald.

La primera dama de la canción -así la llaman sus compatriotas- es sin duda la cantante de jazz hoy por hoy más popular. Esto se debe a su capacidad para enamorar a un público amplísimo, al tiempo que es venerada por los aficionados y los profesionales del jazz.

 

Un concurso fue su trampolín

Ella Jane Fitzgerald nació en Newport News (Virginia), el 25 de abril de 1917.

Vino al mundo en un ambiente pobre y marginal y pasó su infancia en  Yonkers, pequeña ciudad del extrarradio  de Nueva York. Su madre era lavandera y su padre murió cuando Ella era aún una niña.

Desde sus primeros años de vida mostró una fuerte inclinación artística pero aunque cantaba en la coral del colegio se decantaba más por el baile que por la música. Su formación fue autodidacta, no tuvo acceso a oir música de jazz y su único referente era una cantante blanca de segundo orden llamada Connie Boswell que fue vocalista, entre otras, de las orquestas de Tommy Dorsey y Bob Crosby

Ella Fitzgerald se dio a conocer en festivales para aficionados como los que se organizaban en el Harlem Opera House, donde fue descubierta por Benny Carter, este y John Hammond intentaron sin éxito que la joven cantante fuera integrada en la orquesta de Fletcher Henderson.

En plena adolescencia perdió también a su madre y se mudó a Harlem donde unos parientes le dieron cobijo temporalmente.

Tenía dieciséis años y se encontraba en una situación prácticamente de indigencia cuando se presentó a un concurso organizado por el teatro Apollo de Harlem resultando vencedora.  El baterista Chick Webb se apiadó de ella y la contrató para una actuación en Yale, convencido de sus cualidades decidió incorporarle a su orquesta que tenía su feudo en el “Savoy ballroom”.  Ese fue el primer peldaño de una carrera ascendente.

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Heredó la orquesta de Chick Webb

El repertorio que interpretaba en ese momento era bastante ligero y no hacía honor a sus excelentes cualidades vocales pero pronto se decantaría por piezas de jazz que entrañaran una cierta dificultad.

Con Webb tuvo Ella la oportunidad de grabar su primer disco en 1935, “Love and kisses” al que seguiría “Organ grinder swing”, en 1936, y “A-tisket A-tasket”, en 1938. Este tema, además de suponer un bombazo comercial, le granjeó el respaldo de la crítica especializada que se acostumbró a denominarla “Primera dama de la canción”, título que aún hoy ostenta.

Webb murió en 1939 y Ella, que desde su incorporación a la orquesta actuó como reclamo principal,se hizo cargo de la banda de Webb hasta que en 1942 decidió seguir su carrera en solitario.

El poderoso influjo del Be-bop

Nos encontramos a principios de la década de los cuarenta, el Be-bop había surgido con una fuerza inusitada y Ella con muy buen tino decidió sumarse a esta corriente, colaborando con boppers de la talla de Dizzy Gillespie con quien se unió en 1945 para hacer una gira por Estados Unidos.  Destacó como una buena intérprete de “scat”

-reconociendo en ese estilo la influencia de Leo Watson- pudiendo imitar el sonido de un amplio abanico de instrumentos, no sólo el del saxo -que suele ser el más recurrente- también otros más difíciles de emular con la voz como el contrabajo o la guitarra,así lo atestiguan las grabaciones de 1947 como “Lady be good”, “How high the moon” y sobre todo “Flying home”, la excelente pieza de Goodman y Hampton que en su voz se convirtió en todo un clásico.

Norman Granz,el cerebro

A finales de los cuarenta se casó con el contrabajista de la orquesta de Dizzy Gillespie, Ray Brown -de quien se divorciaría en 1955- y el productor Norman Granz la integraría en sus famosos espéctaculos titulados genéricamente “Jazz at the Philarmonic” que pretendían llevar el jazz a salas concebidas para la música clásica. Granz cuidó de que su estrella tuviera una proyección más amplia,abarcando incluso el mundo cinematográfico en el que Ella debutó en 1955 con la película “Pet Kelly’s blues”, de Jack Webb, en la que también participaba Carmen McRae. Cinco años más tarde interpretó un breve papel en “Let  no man write my epitaph”, de Philip Leacock, que fue aprovechado para editar un álbum a piano y voz con Paul Smith.

Granz tenía su propia firma discográfica y consiguió que Ella grabase para su escudería. Las primeras entregas, producto de esta entente, fueron una colección de discos monográficos dedicados a un autor americano consagrado.

Ella volvió a trabajar con formación de big-band,acompañada por la orquesta de  Count Basie, con el que realizó grabaciones memorables (Ella y Basie) y numerosos conciertos, ampliando el número de sus seguidores, principalmente en Japón. Y es que Ella tenía un público muy heterogéneo que no necesitaba ser entendido en jazz para emocionarse con su arte pero además -salvo unas pocas voces discrepantes que la acusaban principalmente de no saber abordar correctamente el blues- la crítica especializada coincidía con el gusto de ese gran público…y eso es algo harto infrecuente en este mundo en el que la calidad parece siempre reñida con el éxito comercial.

20170704_013746.jpgweb“First lady of song”

Ella se prodigó en directo con pequeñas formaciónes, haciéndose acompañar por  pianistas como Teddy Wilson,Lou  Levy,Tommy Flanagan y Oscar Peterson. También fue solista de grupos  como los Delta Rhytm boys y los Ink Spots.

En los años cincuenta grabó los populares dúos con Louis Armstrong -los conocidos como “Ella y Louis” (1y2) y la versión del musical “Porgy and Bess”- y  los discos “Ella sings sweet songs for swingers” y “Ella swins lightly” con la orquesta de Marty Paich, que como expresan los títulos se mueven en climas suaves e intimistas.

Los sesenta amanecieron con  su espléndida versión de “Mack the knife” recogida en “Ella in Berlin”.

A principios de los años setenta empezó a tener problemas de visión que fueron complicándose progresivamente pero ello no impidió que siguiera actuando, aunque no con la frecuencia de antes, en los mejores festivales de jazz del mundo, acompañada de diversas formaciones.

Ella ha sabido como nadie hermanar en su repertorio piezas intrínsecamente jazzísticas con temas populares a los que ha dado  una nueva dimensión, resaltado valores de la composición que en la voz de otros intérpretes habían pasado desapercibidos. No faltó en los sesenta algún tema de los Beatles como “Can’t buy me love”.

Ella Fitzgerald se halla en el centro de ese triunvirato que compone junto a  Billie Holiday y Sarah Vaughan. Las comparaciones siempre son odiosas -y en el campo de la música aún más- pero no queremos eludir la opinión generalizada que afirma que la Holiday es más cantante de jazz en estado puro y que la Vaughan posee una  técnica vocal más depurada…pero Ella, con su registro más limitado, no les va a la zaga en versatilidad, en sentido del swing, en intencionalidad al expresar los textos con una convicción embaucadora y en carisma. Todo ello se traduce en una inmensa capacidad para conectar con el público que es en definitiva lo que prima en el orden de prioridades de un artista.

Los “Songbook” de Ella

Cole Porter, Rodgers & Hart, Duke Ellington, Irving Berlin, George e Ira Gershwin, Harold Arlen, Jerome Kern, Johnny Mercer y Antonio Carlos Jobim son los nombres que sucesivamente han desfilado en esos discos homenaje que Ella grabó con el incipiente sello Verve, propiedad de Norman Granz, que tienen su origen en un álbum íntegramente dedicado a George Gershwin que Ella grabó en 1950 en colaboración con el pianista Ellis Larkins.

De entre todos los discos monográficos que hemos comentado sin duda el que tuvo mayor repercusión fue “Ella Fitzgerald sings the Duke Ellington songbook” que además generó una estrecha colaboración entre el autor y su intérprete. Tanto el álbum como la presentación que de él se hizo en el Carnegie hall de Nueva York se saldaron con éxitos impresionantes. El tándem Ella-Ellington se repetiría en 1965 (“Ella at Duke’s place”) con un eco similar.

Estos discos de la serie “songbook” son valorados, además de por sus cualidades artísticas que lógicamente son desiguales entre un disco y otro, por su valiosa aportación al conocimiento de la obra de los grandes compositores de la música popular americana. Pero al margen de valoraciones antológicas y didácticas, son un compendio excepcional donde la interpretación está siempre a la altura del repertorio.

 ©Antonio Subirana

 

 

 

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